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Pensamientos de un pintor
Octubre 2005
"Un
buen dibujo no desmerece en nada a una buena pintura. Es
más, bajo todo cuadro subyace necesariamente un
dibujo que lo sustenta, un esqueleto que lo arma y lo
vertebra. Todos los cuadros que carecen de esta base se
desmoronan y resultan flácidos. Una garantía de calidad
en pintura es un buen dibujo. La cuestión fundamental es
qué cosa entendemos por un buen dibujo...pero esto es
otra historia"
"Todo el mundo se pregunta qué cosa es el arte. Yo
pienso que el arte es toda aquella creación humana
que consigue elevar el espíritu a un plano superior
de emoción y sobrecogimiento."
"...ser pintor, escritor, escultor o músico no
otorga ningún rango por encima de cualquier otra
profesión. Existen, por supuesto, infinidad de
dedicaciones y labores que llevadas al extremo de su
perfección superan indudablemente a la mayoría de
las obras de los que se dedican al arte. Un
maravilloso artesano creador de mantones de Manila
puede llegar más lejos que un mediocre escultor, su
trabajo puede ser muy superior. O un gran futbolista
puede provocar mayores pasiones que la mayoría de
nosotros, los pintores. Ser "artista" no es un
seguro de nada. Pero si nace un genio seguro que
solo nace para las grandes artes además de para la
ciencia, la filosofía o la política. No podemos
comparar la Capilla Sixtina de Miguel Angel o la Ley
de la Gravitación Universal de Newton con el mejor de los goles del mundo. El
Arte con mayúsculas es fácil de detectar; su luz
continúa brillando a través del tiempo."
Abril 2006
"La
enfermedad visual de Domenico."
"Siempre se ha dicho que El Greco tenía una
enfermedad en la vista y que por eso pintaba las
figuras alargadas. Yo creo que esto es falso y
ridículo. Es muy fácil deducir que si yo veo una
manzana y tengo una enfermedad visual que me hace
percibirla alargada, de la misma manera la
proyectaría alargada en el cuadro y un espectador
con la vista sana la "desproyectaría" a su vez y la
percibiría en su tamaño real. Si no, si El Greco
pintase, como dicen, la manzana más alargada, su
visión enferma la alargaría aún más al verla en el
cuadro ya terminada, y, suponiendo que no era
precisamente tonto, trataría de corregirla con lo
cual su manzana alargada volvería a ser normal para
cualquier espectador, incluido él mismo.
De igual manera, si yo confundo los colores en mi
paleta y veo el rojo verde y el verde rojo, y quiero
pintar un prado verde con una amapola roja, como
resulta que tengo la vista equivocada me parecerá de
un esplendido rojo el prado y verde su amapola, de
forma que iré a buscar en mi paleta ese rojo, y,
nuevamente, por mi enfermedad, me equivocaré y me
parecerá que la pintura verde es de un rojo
espléndido para el prado y así, inevitablemente, el
cuadro acabará teniendo los colores correctos para
cualquier espectador de vista normal.
El Greco poseía una maravillosa creatividad
adelantadísima en el tiempo y un sentimiento
ascético muy marcado que lo llevó a pintar esas
formas alargadas para potenciar un sentimiento
espiritual ascendente en el espectador, como ocurre
con las catedrales góticas. Todas sus composiciones
(salvo algunas, y en su descargo) las pinta en
cuadros alargados, y no me lo imagino encargando un
lienzo y un bastidor de tal o cual tamaño y
protestando al pobre tendero toledano que porqué
narices son tan chatos últimamente los bastidores de
dos metros. En fin, espero que en un futuro no se
diga que Picasso tenía una enfermedad visual que le
hacía ver un ojo por aquí y el otro por allá, pero
no las tengo todas conmigo."
Junio 2006
"El
dibujo no queda definido por la línea, ni la pintura
queda definida por el color. La pintura todavía se
salva, y esto es en parte lo que la define
actualmente, de poder ser asimilada y comprendida a
través de un monitor o una fotografía. En cambio el
dibujo sí que es asimilable por estos medios; a mí,
fetichismos aparte, me da igual tener un dibujo
original de quien sea que una fotografía o un póster
idéntico de él. Es la misma cosa y el dibujo se
puede disfrutar idénticamente, al igual que pasa con
leer un buen libro en una edición u otra, o ver la
misma fotografía revelada por segunda o décima vez.
Cuando no está en juego ni el fetichismo ni la
plasticidad, todos estos soportes nos llevan a la
grandeza -o miseria- de la obra. Pero en pintura
siempre está en juego la plasticidad, lo plástico,
lo mórbido, la opacidad o la transparencia, la
superficie brillante o mate...cualidades estas
imposibles de transmitir mediante un monitor de
ordenador, un televisor, o un póster. Lo digital,
lejos de arruinar las artes, lo que hace es
evidenciar lo que de singular tienen estas, y la
pintura se lleva la palma porque hoy por hoy es
imposible disfrutar completamente de Las Meninas en
una imagen, imposible sentir la poderosa sensación
de vacío de la estancia donde pinta Velázquez,
imposible percibir la cáscara nacarada de la capa
pictórica del cuadro, inútil girarse y verla de lado
para poder sentir las delicadas protuberancias y
estrías de la pintura del genio. Y no digamos nada
de cuadros de Tàpies, o de Lucian Freud, o de Jasper
Johns...El color y la disposición de las formas nos
pueden sugerir mucho, desdeluego, pero se quedan
lejos, no bastan para expresar la plasticidad del
cuadro. Esto es la Pintura."
De la misma manera y por todo esto, existe la
pintura sin color y de solamente línea y
plasticidad, y existe el dibujo con toda la
saturación imaginable del color y sin líneas. ¿Es
entonces peor en jerarquía el dibujo que la pintura?
No. Yo pienso que nada es un estorbo y que todo son
avances. El ordenador y los programas informáticos
de pintura y dibujo son nuevos lápices y pinceles
que añadir a los ya existentes para poder trabajar.
Ayudan, son más material, más medios para el pintor.
Pero ojo, mientras no se invente la plasticidad
digital, o como se fuera a llamar, que se olviden de
querer vender cuadros mediante fotografías y que se
olviden de que queramos visitar un museo online.
Podemos llevarnos una idea tan solo, una
aproximación del asunto, pero el latido fetichista
se queda en el museo junto con el pálpito de lo que
es único y no admite copia."
A la pintura le ocurre algo similar que al teatro
con el cine. El cine es un arte con mayúsculas, un
nuevo formato conquistado por las musas para llevar
el espíritu del ser humano hasta lo sublime; es tan
fuerte e intenso como cualquiera de las grandes
artes. Pero aún siendo así, lo que lo diferencia del
teatro y de las artes escénicas (danza, mímica,
toreo etc) es ese algo que precisamente define al
teatro: Lo directo, la tridimensionalidad que
envuelve al espectador en un momento único, en una
actuación única, irrepetible, el olor preciso, el
grito y la modulación exacta pero diferente en cada
escenificación, la visión real del actor, el
fetichismo de su presencia y de la presencia
dramática del sentimiento del dramaturgo...todo es
asombrosamente parecido a los huecos de una pintura,
a su aparición diferente en cada instante, a su
dependencia del tiempo siendo distinta según éste la
va modelando con sus humedades, sus grietas, sus
decoloraciones. El teatro está vivo y la pintura
está viva.
Pero ¿significa esto que un cuadro es superior al
arte fotográfico o a un póster de un buen dibujo? y,
¿es superior por lo mismo el teatro al cine? Yo
pienso que quizás no lo sean, pero si el cine es
capaz de llevarnos por caminos imposibles hasta
ahora para el teatro, y un dibujo digital o una
fotografía son capaces de juegos y expresiones que
la pintura no puede, en cambio, el teatro y la
pintura poseen ese embrujo de lo directo, del
instante glorioso, como el embrujo del cantaor que
te canta a ti y solo a ti. Y eso quizás no sea
superior pero...¡qué lujo!
OCTUBRE 2008
LA VIDA SECRETA DE LA PINTURA.
La pintura es un estado mental, "un estado
del alma" decía Joaquín Sorolla. El pintor que hace de su trabajo un estilo de
vida pinta todo el día, todos los días. Pinta hasta cuando no pinta. Cuando
duerme pinta, cuando vela pinta. El regalo de ser pintor lleva escondido el
veneno y la carga dulce de la total dedicación y entrega. Pintar es difícil y
requiere la atención absoluta de la mente y la mano en la observación fría,
callada y constante. Hay que poder retener cantidades enormes de combinaciones
de color, espacios y líneas. Es imprescindible dotarse de innumerables recursos
técnicos, de precisos conocimientos de los materiales y mantenerlo todo ello
vivo y actualizado para poder utilizarlo en el instante más inesperado. Pero aún
en el caso de tener todo esto bien engrasado y al día, aún así se corre el
enorme riesgo de no saber parar a tiempo. El momento más crítico para un pintor
es decidir cuándo ha llegado el momento de dar por terminado un cuadro.
En pintura es más fácil pecar por exceso
que por defecto. Y por eso no encuentro nada más fascinante que el trabajo
callado, silencioso y quieto que supone quedar a la espera de que el cuadro te
hable, que termine de pintarse a sí mismo. Este delicado instante puede
sobrevenir en el lugar más inesperado y a la hora más impropia y exige estar
alerta y saber cazarlo al vuelo. Yo desde siempre tengo la costumbre de pasar
muchas horas pintando sin pintar, tan solo mirando mis cuadros, colocados por
todas partes, o incluso recordándolos, viviéndolos, mientras paseo por la calle
o en cualquier otro lugar y circunstancia: intento atenderlos y escucharlos con
la mente fresca, como si no fueran míos sino la obra de un enemigo, con frialdad
y hasta con desprecio muchas veces, y, milagrosamente, de este distanciamiento
brota la vida propia y secreta de la pintura que decide por su cuenta que ya lo
es y que se basta para explicarse. Cuando me abruma un cuadro y el dialogo con
su mundo se convierte en batalla entonces lo dejo aislado, apartado en un rincón
y al cabo del tiempo -días, meses, o incluso años-, cuando al fin lo rescato,
compruebo emocionado como a veces el castigo se convierte en perdón y cómo de
éste sobreviene el descubrimiento asombroso de la obra que ha sabido terminarse
a sí misma en soledad. En ese instante, rendido, admites que el cuadro ya no te
pertenece. Esta es parte de la magia del arte de la pintura.
Quizás esto sea la inspiración. La luz que
se esconde tras un proceso mental, una ecuación no escrita de cientos de
parámetros que muchas veces se resuelve a sí misma en espera, quién sabe, de que
un día la ciencia consiga atrapar el ADN que late bajo la magia del arte.
José Manuel Merello. – Valencia 2008
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